El vino y un lugar del fin del mundo
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El vino y un lugar del fin del mundo

El vino y un lugar del fin del mundo

Publicado el 22.05.2015

 

Soulac-su-mer, Marzo, 20:35h

Tengo una debilidad. Simplemente no puedo resistirme a lugares que lo tienen casi todo. Historia, belleza, cultura, pasión, cariño. Lugares que despiertan los sentidos y la imaginación.

Burdeos es un lugar incomparable, en el que es necesario disfrutar de la naturaleza, de las maravillas que esa naturaleza hace madurar hacia el final de cada verano, y de la magia que el hombre creó experimentando con esas maravillas.

El vino es la sangre que alimenta esa tierra. El néctar eterno, que se diría tan viejo como el hombre, empapa el ambiente y cada uno de los rincones. Burdeos vive por y para el vino. Prestando atención a los detalles, es cuando se descubre cómo la tradición ha hecho que este terruño francés sea quizás el más universal.

Y junto a todo ello, en el extremo norte de las rutas de los viñedos, Burdeos esconde el fin del mundo. Pero un fin del mundo que sólo es tal visto en invierno. Resulta maravilloso disfrutar de los contrastes, de ver cómo en pocos kilómetros, y con pocas semanas de diferencia, el verde y la vida de las viñas dan paso a un mundo gris perla.

Arenas blancas que se dirían parte del paraíso, aquí son polvo que se funde con un cielo plomizo, coloreado de con nubes blancas, que parecen convertir la imagen en el negativo de una fotografía.

Pájaros que escapando de la imagen, parecen la única vida en ese momento, pero que no lo son, pues el atlántico se comporta como un animal enrabietado que lucha por apresar todo lo que está a su alcance.

Un viento palpable, reflejado en la espuma de las olas, en la arena que vuela y se queda en mi pelo, a ratos ensordecedor, y que como el mar, pelea con el mundo.

Y un sol invernal en retirada, que pierde su lucha con la noche y con esas nubes que lo engullen, y que justo en ese preciso instante ilumina la imagen y le aporta un tímido destello, que invariablemente, me lleva a pensar en un hermoso fin del mundo.

Ignatius

 

 

 

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